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-EL KIWI-

Rodolfo Arpaia y Carlos Godoy

ORIGEN DEL CULTIVO

Las especies y cultivares pertenecientes al género Actinidia, provienen del sudeste asiático en el área de distribución que está delimitada por el paralelo 51º al norte de Borneo y el paralelo 18º, extendiéndose desde el Tíbet hasta Japón. La especie Actinidia chinensis crece en forma natural en la región sur oriental de China.

Los testimonios sobre el uso del kiwi como planta frutal y ornamental se remontan a la dinastía Ming (1200 a. C.). En esa época el fruto se cosechaba de plantas silvestres y era consumido fresco o conservado. La primera cita del cultivo del kiwi como fruto medicinal se remonta al año 300 a. C.

Este cultivo sin embargo, no tuvo difusión fuera de China y no fue sino hasta mediados del siglo XX que en Nueva Zelanda se desarrolla comercialmente, difundiéndolo en el mundo a través de una excelente política comercial.

Las primeras selecciones de la variedad Hayward fueron hechas en Auckland, hacia 1920 bajo el nombre de "Wright’s large oval", posteriormente se identificaron las variedades "Monty" y "Abbot", pero el cultivo y comercialización propiamente dichos no dieron comienzo sino hasta 1940. Apenas diez años después se realizaron las primeras exportaciones destinadas principalmente a Estados Unidos y posteriormente, a Europa y Japón. Poco a poco el interés comercial se centró en torno de la variedad Hayward, por su mayor conservabilidad y características del fruto, observándose que para mediados de década del 70, esta variedad dominaba el mercado.

En todos los países de tradición frutícola, la expansión del cultivo se desarrolló rápidamente, encontrándose en plena evolución antes que la investigación oficial pudiera suministrar información técnica adecuada. Por esta razón las prácticas empíricas han guiado a los técnicos y agricultores durante el primer decenio de desarrollo.

Entre las numerosas especies pertenecientes al género Actinidia, existe al menos una decena que producen frutos comestibles, con características organolépticas y nutricionales interesantes. Entre ellas, A. chinensis, A. arguta, A. kolomikta, A. polygama, A, eriantha, A. latifolia y A. rufa, que aunque son de interés secundario desde el punto de vista industrial, son valiosas como fuente de germoplasma para programas de mejoramiento genético. La investigación desde el punto de vista genético se centró en A. chinensis, A. arguta y A. kolomikta, que presentan elevada resistencia a bajas temperaturas (-35ºC para A. kolomikta). Otras características de interés industrial para incorporar a los nuevos cultivares son la alta concentración de ácido ascórbico en el fruto y la adaptación a diferentes tipos de climas y suelos. Se han obtenido clones con frutos de mayor tamaño, de pulpa amarilla o anaranjada, mayor contenido de azúcar y cosecha anticipada respecto a Hayward, pero su difusión fue reducida y la variedad Hayward continuó dominando el mercado.

Características de la planta de Kiwi

Una característica significativa del kiwi es la dioicia. Algunas plantas sólo producen flores femeninas (pistilíferas) y otras sólo flores masculinas (estaminíferas). Esta peculiaridad hace que la fase de producción de flores y polinización sean momentos críticos para el resultado productivo. Las plantas masculinas producen muchas más flores que las femeninas y la fertilidad del polen es en general elevada, entre el 80 y 90%, por lo que un factor importante para la elección del cultivar macho, es su época de floración, que debe coincidir con el momento en que las flores femeninas están receptivas. kiwi1

La producción se localiza solamente en ramificaciones del año que provienen de cargadores de un año de edad (Figura 1 Forma que adopta una planta de kiwi conducida en T-Bary, Figura 2, Rama lateral que porta los frutos). Las ramificaciones del año se pueden clasificar en brotes de crecimiento determinado y brotes de crecimiento indeterminado. Dentro de los brotes de crecimiento determinado tenemos los denominados "spur", formaciones fructíferas de un largo de alrededor de 10 cm con yemas mixtas arracimadas y los brotes de vigor medio, con pocas yemas de buena fertilidad, normalmente insertos en la parte más externa del canopeo. Entre los brotes de crecimiento indeterminado encontramos aquellos de kiwi2buen vigor y los denominados chupones, que pueden alcanzar longitudes de varios metros, generalmente ubicados en correspondencia con curvaturas de ramas vigorosas o del cordón, tienen largos entrenudos y yemas poco evidentes, aplanadas, de escasa fertilidad. Los chupones continúan creciendo durante toda la temporada vegetativa y presentan su sector terminal frecuentemente enroscado, con hojas de muy pequeñas dimensiones. Estas ramas son generalmente eliminadas con la poda verde y presentan interés sólo cuando es necesario efectuar la sustitución de uno de los cordones permanentes.

El elevado consumo de agua del kiwi está dado por la gran superficie foliar transpirante y la eficiente conductibilidad de los vasos xilemáticos. En condiciones hídricas óptimas, tiende a transferir velozmente el agua perdida por transpiración a través de un sistema de conducción singular que posee vasos de 150 a 200 m m de diámetro y una longitud promedio de 14-16 cm. Durante un día normal de verano (6 mm de ETP) una planta en producción con un área foliar de 60 m2 puede perder 180-200 litros de agua. La planta de kiwi posee un sistema radical diferente a otros árboles frutales, que se caracteriza por ser más denso y colonizar el terreno más lentamente, pero utilizando más eficientemente las reservas hídricas y nutricionales. Sin embargo, esta especie es muy sensible al déficit hídrico y presenta los primeros síntomas de estrés con valores de potencial agua del suelo de – 0,04 MPa, en correspondencia con los cuales se verifica una notable reducción de la conductancia estomática, permitiendo así conservar las reservas hídricas de los tejidos.

Evolución del manejo

Los primeros sistemas de conducción del cultivo consistían en cercas de varios alambres similares a la espaldera. Las plantas se podaban solamente para permitir el paso entre las hileras y recibían la misma fertilización que los citrus. Bajo este sistema, se volvían tan densas y enmarañadas, que cada tanto, era necesario cortarlas al ras del tronco y volver a darles forma en la cerca. El sistema de manejo para la variedad Hayward, de ramas reemplazantes y poda más abierta, fue descubierto hacia los ’50. Se desarrolló un sistema en pérgola, o cerca de un sólo alambre. Posteriormente, buscando mayor control de las plantas, comenzó la práctica del T-bar (terminación en T sobre los postes) para dar mayor estabilidad a las plantas. Estas estructuras llevan un alambre en el centro y otro en cada extremo de la cruceta (uniendo las T), y sobre ellos crece la planta.

Requerimientos generales

El Kiwi requiere primaveras y principios de otoño libres de heladas, una adecuada, pero no excesiva humedad del suelo durante todo el año y relativamente alta humedad ambiental. Los mejores terrenos para su implantación son profundos, de textura media, buena permeabilidad y alto contenido de materia orgánica, pH neutro a ligeramente ácido con bajos contenidos de carbonatos.

Aunque es sensible al frío mientras tiene hojas, requiere acumular una cierta cantidad de bajas temperaturas durante el período de reposo invernal para una completa fructificación en la próxima temporada. Warrington y Weston (1990), explican que el principal efecto del frío invernal es mejorar la floración en forma cuantitativa a través de la disminución de la cantidad de estructuras florales tendientes a abortar.

La cuantificación agroclimática de la exigencia de frío en las especies frutales criófilas se realiza a través del cómputo de "horas de frío" o cantidad de horas con temperaturas inferiores a 7° acumuladas durante el descanso fenológico, que se extiende desde caída de hojas hasta hinchazón de yemas. Himelrick y Powell (1998) afirman que el kiwi necesita un mínimo de 600 hs de frío durante el período invernal para brotar adecuadamente y para alcanzar la máxima floración deben acumularse 850 a 1.100 hs de frío.

Durante el ciclo de cultivo, el kiwi requiere de un período libre de heladas de 225 a 250 días desde brotación.

Los sólidos solubles del fruto evolucionan siguiendo una curva sigmoidea a lo largo del proceso de maduración, resultado de la hidrólisis del almidón acumulado en sus tejidos. La tasa de incremento en sólidos solubles está negativamente correlacionada con la temperatura media del aire, particularmente cuando la temperatura decrece en el tiempo.

Rendimiento vs calidad

El consumidor y el mercado requieren un producto de calidad, tamaño y homogeneidad que simplifique las diferentes etapas de la comercialización. El objetivo del productor es lograr frutos de tamaño comercial (mayores a 90 gramos). La producción alcanza el máximo rinde a los cinco - ocho años en condiciones óptimas. En la madurez la productividad se prolonga por muchos años, habiéndose registrado casos de plantaciones de cincuenta años que aún continúan en producción. 

La cantidad y la calidad de la fruta dependen de la carga de yemas dejadas con la poda de invierno, del porcentaje de brotación, la fertilidad de las yemas y del peso medio de los frutos. A igualdad de condiciones del medio ambiente, el aumento de la carga de frutos determina, en general, una disminución en el peso medio de éstos. Dejar una excesiva cantidad de fruta no sólo tendrá efectos negativos sobre el peso, sino que puede crear un efecto de alternancia bianual en la producción, condición muy desfavorable porque el cultivo produce fruta de baja calidad (tamaño) no sólo en el año de alta carga sino también en el de baja carga. 

El fenómeno es conocido en varios frutales e implica la influencia del nivel de la carga del cultivo de un año en el siguiente. El ciclo comienza ya sea con una sobreproducción, o bien cuando algún evento climático determina una drástica disminución de la producción, caracterizando así una serie de fases que alternan entre alta y baja producción. Este efecto podría deberse a los bajos niveles nutricionales de las yemas axilares por causa del agotamiento de las reservas, debido a las demandas previas del período de alto rendimiento, ya que el desarrollo inicial de las flores en primavera es críticamente dependiente del nivel de estas reservas. 

Por lo tanto, una producción comercial racional se encontrará en un punto intermedio de carga que permita balancear en forma rentable, el rendimiento en kilos de fruta con un máximo de calidad comercial que sea sustentable en el tiempo.

Factores que afectan el tamaño del fruto

En una planta de kiwi se producen frutos de un amplio rango de tamaño principalmente por variaciones cuantitativas en la polinización, pero superados estos efectos por las mejoras técnicas, se detectan otros factores que afectan el tamaño del fruto como la nutrición, riego, manejo del canopeo a través de la poda y la regulación de la carga de frutos.

Riego y fertilización

Prendergast et al. (1987) comprobaron que la densidad radical declina en profundidad y distancia radial, explorando un volumen de terreno con forma de "bowl". Ellos observaron que las raíces se extienden hasta 2 m desde el tronco y 1 m de profundidad, encontrándose limitadas por presencia de un horizonte Bt. Esta característica hace que en verano requiera riegos frecuentes cada 1 ó 2 días con sistemas de aspersión que permitan distribuir el agua en el volumen de suelo explorado por la planta (riego localizado por microaspersión).

Prendergast et al. (1987) sostienen que el fruto crece a tasa máxima en plantas bien regadas y detiene su crecimiento cuando el agua comienza a ser limitante. La respuesta del kiwi al riego es absolutamente positiva y está determinada por su ambiente de origen, caracterizado por un clima muy húmedo.

Durante la estación de crecimiento se verifican dos picos en los requerimientos nutricionales, el primero se corresponde con la brotación y crecimiento vegetativo y el segundo con el desarrollo del fruto. Si ocurren carencias nutricionales durante estos momentos, la producción se verá fuertemente comprometida y dependiendo de la severidad y la duración del proceso, también lo estará la producción de cargadores para la estación siguiente.

Para la mayor parte de los elementos nutritivos se observó que más del 65% de la acumulación se produce en hojas y raíz durante las 10 primeras semanas después de la brotación. Desde allí son redistribuidos y esta traslocación representa para el nitrógeno el 60% del total a las 4 semanas de brotación. El potasio, fósforo y magnesio también son movilizados para aportar cerca del 40% del crecimiento foliar durante los primeros 30 días. Una particularidad es el alto requerimiento de cloro y potasio, que representan de 2 a 6 gramos de cloro y 25 gramos de potasio por kilogramo de peso seco de hojas seis semanas después de la brotación, así como las altas concentraciones de nitrógeno foliar que alcanzan valores de 42 gramos por kg de peso seco de hoja a las seis semanas de la brotación. Estos valores están relacionados con producciones elevadas en Nueva Zelanda.

En cuanto a los efectos directos de la nutrición sobre la calidad del fruto, existen pocas evidencias que demuestren que el nitrógeno o calcio sean responsables de alteraciones de la calidad del fruto en poscosecha en mayor grado que los demás elementos presentes, aunque hay indicios que sugieren que bajas concentraciones de calcio en fruto están relacionadas con depresiones en la superficie y necrosis en torno a los haces vasculares.

Polinización

Es necesario que el mayor número posible de óvulos sea fecundado, de modo de asegurar la producción de un gran número de semillas, de la cual depende el grado de desarrollo del fruto. Las semillas producen hormonas de crecimiento y el tamaño del fruto es proporcional a su cantidad (un ovario contiene normalmente entre 1000 y 1500 semillas). Varios trabajos dan evidencia de que existe una fuerte correlación positiva entre el tamaño del fruto y el número de semillas. 

Considerando el período de receptividad de los estigmas, la fecundación debe completarse en unos 5 días. En este breve período las condiciones ambientales juegan un rol determinante en la eficacia del proceso. La lluvia, el viento y las bajas temperaturas reducen la emisión y germinabilidad del polen, así como la actividad de los insectos polinizadores. Malas prácticas agronómicas que conducen a la subnutrición y a un sombreo excesivo dan como resultado polen anómalo y crecimiento defectuoso de tubos polínicos. Aunque las flores no poseen néctar y su polen es difícil de alcanzar por los insectos, pruebas experimentales demostraron que la ausencia de insectos determina menor desarrollo y reducción del peso final de fruto.

Según Warrington y Weston (1990), la polinización por abejas se ve favorecida por la disposición de 8 a 10 colmenas por hectárea. En general, se plantan siete plantas hembras por cada planta macho. Es necesario evitar la presencia de otras plantas o malezas con flores durante el período de floración del kiwi en especial tréboles, que son más apetecidos para las abejas.

Recientemente se han desarrollado métodos artificiales de polinización para los que se emplean distintos aparatos que dispersan el polen sobre las flores, en forma de polvo, rebajado en un material inerte, como talco o suspensiones en medios líquidos.

Poda de producción

La poda es una necesidad determinada por el comportamiento vegetativo y reproductivo de esta especie. La ausencia de poda da como resultado la formación de una masa vegetativa excesiva de baja eficiencia productiva y que conduce a una baja calidad de la producción. Un manejo exitoso depende de lograr una copa abierta, que permita el libre acceso a las abejas, la correcta iluminación de la planta, el movimiento de aire y la penetración de las pulverizaciones, asegurándose una correcta maduración de frutos y de los cargadores para la próxima estación, que se ubicarán en los lugares deseados, es decir, cercanos al líder.

A fin de proveer a la planta de una estructura racional de ramas productivas, que permita una buena distribución de cargadores, un eficiente uso del espacio y una buena exposición a la luz, se realizan intervenciones en dos momentos del año a través de la poda de invierno y la de verano.

Poda de invierno

Esta poda se realiza durante el período de reposo invernal con el objetivo de dejar cargadores de 1 año en número suficiente, bien distribuidos y espaciados, así como definir una carga de yemas por hectárea tal que favorezca la producción de calibres comerciales.

En el kiwi, como en otros frutales, existen muchos factores relacionados con la masa de follaje que afectan la producción (expresada en término de peso de fruta de tamaño comercial) tales como el porcentaje de brotación, variaciones en la fertilidad de las yemas, horas de frío invernales, exposición de la rama a la luz durante el período de inducción y cantidad de yemas dejadas con la poda.

El comportamiento de alternancia de producción del kiwi no es tan manifiesto como en otros frutales, si bien Burge et al (1987) sugieren que es lo suficientemente importante como para modificar el nivel de poda a fin de minimizar estas fluctuaciones.

Varios autores consideran que en el intervalo de 150.000 a 200.000 yemas por hectárea se alcanzan los mejores niveles de producción sin que ello afecte la concentración de sólidos solubles ni la vida poscosecha del fruto.

Otros trabajos demuestran que el aumento en la carga de yemas por encima de las 200.000 por hectárea producen una disminución en el peso medio de los frutos y una leve reducción, aunque progresiva, en la fertilidad de las yemas y en el porcentaje de brotación. Además destacan el riesgo que se corre de empeorar la calidad de la fruta y la menor emisión de cargadores de renuevo, a causa del excesivo sombreo.

Poda de verano

E l objetivo de esta intervención es tener bajo control el crecimiento exuberante de los brotes para proveer una adecuada penetración de luz, condición indispensable para obtener frutos de calidad, capaces de ser conservados por períodos prolongados e inducir una buena maduración de los brotes de renuevo, equilibrando a su vez la actividad reproductiva y vegetativa. A través de esta poda se eliminan aquellos laterales que no portan frutos ni son útiles como brotes de renuevo así como aquellos brotes demasiado vigorosos denominados chupones. Las intervenciones intensas condicionan en forma negativa la actividad productiva y vegetativa, en especial si se efectúan en forma precoz. Resultados aportados por Youssef et al (1988) sugieren que la poda se debe realizar con mesura en forma de despuntes de los brotes vegetativos y reproductivos, preferentemente 30 días después del cuajado de frutos. Zuccherelli (1994) sostiene que comúnmente con una única intervención de poda no es suficiente para regular el crecimiento, aconsejando realizar dos o más intervenciones.

Raleo

Tanto el raleo de flores y de frutos, como el manejo de la cantidad de yemas por unidad de superficie, son prácticas poco usadas en el país, aunque son herramientas de reconocida importancia. Burge et al. (1987) y Costa et al. (1995 y 1997) coinciden en sus resultados en que al aumentar la carga de yemas por unidad de superficie y por lo tanto de frutos, se verifica un aumento en el porcentaje de frutos de bajo peso. Sin embargo, sería difícil pretender regular la carga de frutos solamente a través de la poda y se hace imprescindible incluir el raleo de frutos como práctica para mejorar la calidad. Normalmente los pedúnculos florales sostienen una única flor, pero dependiendo de las horas de frío que se acumulen durante el invierno, aparecen desde la base del lateral pedúnculos que además de la flor terminal poseen dos flores laterales más pequeñas. Estas, según indica Zuccherelli (1994), se abren en forma tardía por lo que usualmente producen frutos de tamaño menor y por otro lado compiten con el fruto principal por azúcares. Vulgarmente a estas flores laterales se las llama princesas y a la central, se la denomina reina. 

El raleo permite concentrar la producción en los calibres mayores, es decir entre 30 y 20, con la correspondiente disminución en la proporción de fruta de bajo calibre sin efectos en la acumulación de sólidos solubles, aunque comprobándose un aumento de la firmeza de los frutos a cosecha al aumentar el nivel de raleo. El raleo puede ser efectuado tanto en floración como en fructificación según explican Spada y Fontana (1998), donde para el primer caso se basa en eliminar los botones laterales y aquellos que se logren identificar como abanicos. Sin embargo, los frutos mal polinizados no son identificables hasta un mes después de floración, por lo tanto aunque se realice raleo de flores será necesario intervenir nuevamente al cuajar los frutos.

Cuando se decide ralear, se requiere saber qué fruta no llegará al tamaño deseado para eliminarla en esta operación. La curva de crecimiento del fruto tiene un comportamiento estable en plantas bien manejadas. Esta consistencia permite predecir el peso final del fruto en forma temprana y no solamente permite identificar la fruta de bajo calibre, sino que permite conocer que peso alcanzará el fruto a cosecha, a través de una fórmula desarrollada por Hort Research, en Nueva Zelanda, como estimador del peso final del fruto, al multiplicar el peso estimado por un factor de corrección. Más importante aún, es que permite monitorear la evolución del peso del fruto sin destruir la muestra. Así el fruto permanece en la planta y continúa su crecimiento normalmente. 

En Nueva Zelanda ésta es una herramienta de vital importancia, dado que los calibres menores se cotizan a un precio menor y los productores tienen cupos de producción, con castigos tanto para superproducción como baja producción, por eso es clave conocer el peso a cosecha en forma temprana.

Se ha comprobado que es más eficaz la intervención cuanto más precozmente se realice, debido a que se aprovecha el rápido incremento inicial de volumen para obtener un mayor tamaño final de fruto.

Comparaciones entre momentos de raleo muestran que aquellos realizados en forma temprana permiten obtener un mayor peso del fruto y rendimiento por planta.

Burge et al. (1987) observaron, además, que en las plantas raleadas la intensidad de floración al año siguiente es mayor, producto de un mayor número de yemas florales por brote fructífero y mayor número de flores por yema.

© Copyright 2002. INTA EEA Balcarce. Ruta 226 km 73,5 (7620) Balcarce, Buenos Aires, Argentina.

 

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